6) No traicionar al alma…
Selección extraída del libro «Calendario Cabalístico» escrito por Ben Itzjak, © Editorial Edaf
Acabamos de concluir un año y de comenzar uno nuevo. Acabamos de terminar la lectura de toda la Torá y de iniciarla nuevamente.
Finales que se mezclan con comienzos, terminaciones que no son más que los primeros pasos de un nuevo proceso.
El mes de jeshván no presenta festividades. Es como si el corazón del tiempo respetara nuestro ritmo y tras un arduo y esforzado trabajo espiritual nos permitiera un período más calmo, más sereno.
Sin embargo, precisamente en este punto se presenta uno de los peligros más importantes de este mes: suele suceder que grandes logros son seguidos por notables y profundas caídas. Como una sensación de haber cumplido con nuestra parte y el sentimiento que ahora nos corresponde un tiempo de descanso. Mas seguramente quien haya dado algunos pasos en un camino espiritual ya sabe que en esta senda en particular se sube… o se baja. No hay modo de permanecer en el lugar. Y quien no experimenta ascenso, aunque sea mínimo y pequeñísimo, conoce entonces el sabor de la pendiente.
No hay vacaciones en la vida espiritual.
Por consiguiente, sobra aclarar que un mes sin festividades no refiere a un tiempo hueco ya que en el mes de jeshván sucedió uno de los acontecimientos bíblicos más importantes y cardinales, un hecho que modificó el rumbo de la historia y que de alguna manera puede ser comparado con la misma creación del mundo. Nos referimos al Diluvio.
En el año seiscientos de la vida de Noé, en el segundo mes (a partir del mes de tishrei, es decir, el mes de jeshván), el diecisiete del mes, ese día, se rompieron todas las fuentes del gran abismo y se abrieron las ventanas de los cielos. Y cayeron lluvias sobre la tierra durante cuarenta días y cuarenta noches (Génesis 7:11-12).
Y si bien en meses anteriores dudamos acerca de qué puerta elegir para entrar en la esencia del mes – la puerta de las letras, la de las tribus, la de los poderes personales o la de puerta de la historia – en este caso es ésta última la que se presenta como ineludible.
Los invito a dar los primeros pasos.
El concepto de castigo
A los hombres contemporáneos nos resulta difícil comprender los castigos bíblicos ya que fuimos educados de modo radicalmente diferente. De acuerdo con la formación que recibimos, por ejemplo, si una persona roba, la justicia lo envía a la cárcel por un número determinado de años; si otra persona asesina, entonces deberá pasar tras las rejas un número de años aún mayor. La gravedad del pecado determina la cantidad del castigo. Sin embargo, y si bien entendemos que el castigo es consecuencia directa del acto cometido, la relación acto – castigo en ningún caso es esencial. No encontramos castigos diferentes para caídas y desvíos distintos sino en el aspecto cuantitativo. Muy inmaduro es suponer que en la cárcel se curan las enfermedades de personalidad que llevan a una determinada persona a robar, a otra a matar y a una tercera a violar. En estos casos, los castigos buscan alejar de la sociedad «sana» el foco de infección por un determinado tiempo, confiando que los años que pasará el pecador encerrado y aislado terminarán de convencerlo de modo casi mágico que no es bueno robar, matar o violar.
Sobra aclarar que la experiencia y las estadísticas que indican la impresionante cantidad de presos liberados que retornan a su celda al reincidir en sus deslices, demuestran principalmente el fracaso del sistema correccional.
El concepto de castigo bíblico es absolutamente diferente. Ante todo, en ningún caso persigue un propósito exclusivamente punitivo ya que su objetivo es corrector. El castigo persigue un fin educativo y presenta un modo de ayudar a retornar al camino a quien se ha desviado. Mas para que esto suceda, el castigo debe estar relacionado directamente con la trasgresión cometida. No pueden existir castigos generales o similares para pecados diferentes, tal como sería absurdo suponer que enfermedades diferentes se curan con distintas dosis de un único remedio.
Y tal como un experto doctor a partir del medicamento que toma su amigo descubre su enfermedad, también a partir del castigo se puede conocer el tipo de pecado y se puede entender también el por qué de la elección de tal escarmiento.
Por consiguiente, antes de ocuparnos del Diluvio -el castigo mismo – deberemos ocuparnos previamente de la naturaleza del desvío.
Los motivos del Diluvio
Ante todo recurramos al texto bíblico:
«Dios contempló la tierra y he aquí que estaba corrupta, pues toda la carne había corrompido su camino sobre la tierra. Dios le dijo a Noé: Ha llegado ante Mí el fin de toda la carne pues la tierra está llena de corrupción. Y he aquí que estoy por destruirlos de la tierra… En cuanto a Mí, he aquí que estoy por traer el Diluvio sobre la tierra para destruir toda la carne en la que hay aliento de vida bajo los cielos; todo lo que hay sobre la tierra expiará» (Génesis 6)
Los sabios nos enseñan que la corrupción a la que se refiere el pasaje indica que la generación del Diluvio corrompió precisamente lo que distingue al hombre del resto de las criaturas: la imagen y semejanza divina.
El genial cabalista de Praga, el Maharal, escribe que esta imagen y semejanza con Dios es lo que confiere al hombre el poder de elevarse por encima de las tendencias e inclinaciones físicas y dedicarse a cumplir con su misión espiritual. Mas cuando la persona no utiliza este don divino, entonces se rebaja al nivel de los animales, dominados por completo por sus instintos.
Rashi, el exegeta clásico de la Torá, sugiere en su comentario que la imagen divina impuesta en el hombre – su alma – ya existía antes que su materia – su cuerpo. Por su parte, y de modo inverso, el aspecto material de los animales existía antes que se les implantara una forma determinada, su alma animal. Esto enfatiza que la imagen y la semejanza son lo principal en el hombre, mientras que en los animales lo son sus aspectos físicos y materiales.
Los cabalistas agregan que el sitio en el cual la imagen divina se revela en la persona es en su rostro. Y como cada individuo posee la imagen divina adaptada a su propia misión espiritual, entonces el rostro de cada persona es único y particular. Esta es la razón por la que a un hombre se lo distingue por las facciones particulares de su rostro incluso si se encuentra rodeado de gente de su misma edad y de rasgos parecidos. En oposición a esto, no distinguimos a los animales por su cara sino por signos exteriores.
El Arca de Noé
El mundo que ya había comenzado a caer tras el pecado de Adán, continúa su marcha descendente hasta que el hombre llega incluso a atentar contra su imagen y semejanza con el Creador. Los sabios del Talmud profundizan aún más en las consecuencias de tal desvío a partir del pasaje bíblico:
«Dios contempló la tierra y he aquí que estaba corrupta, pues toda la carne había corrompido su camino sobre la tierra…»
En el Talmud (tratado de Sanhedrín) enseñan que la expresión «toda la carne» refiere a la desviación sexual, es decir, los animales se apareaban con los de otras especies y los hombres con todos estos.
Mas cuidado: la Torá no pretende en este relato enseñarnos normas de sexualidad sino que intenta enfatizar que incluso la fidelidad a la propia especie se había corrompido. Todo daba igual, los límites más elementales habían desaparecido. Ninguna forma se cuidaba, ninguna disposición generaba respeto.
Sobre otro pasaje bíblico relacionado al Diluvio se explica lo siguiente:
«Entonces El Eterno le dijo a Noé: Ven al Arca, tú y toda tu familia, pues a ti te he considerado justo ante Mí en esta generación. De todo animal puro toma siete pares, el macho con su hembra, y de todo animal que no es puro, dos, el macho con su hembra» (Génesis 7: 1-2).
En realidad, el versículo no dice «el macho con su hembra» sino literalmente «el hombre con su esposa». Ridículo, grotesco. ¿Acaso la Torá adjudica el título de marido y mujer a los animales y las bestias? Mas los sabios del Talmud, sensibles a este «detalle», comentan sin rodeos:
«Noé los hizo pasar delante del Arca (sin permitirles entrar). Todo aquel que era absorbido por el Arca y colocado en su interior, era sabido que se había apareado sólo con su misma especie. Y todo el que no era absorbido por el Arca es porque se había apareado con miembros de otras especies»
La prueba ética a la que sometía el Arca fue aprobada sólo por cuatro parejas humanas. Y el resultado demuestra la decadencia moral de aquella generación: ¡más animales que hombres entraron al Arca!
Si bien los sabios nos indican que el punto afectado fue la imagen y semejanza divina, a un nivel más profundo nos enseñan que al atentar contra esta chispa de divinidad los hombres perdieron su forma propia. Tal como una moneda pierde su forma y su estampa particular bajo una fuerza poderosa o un gran desgaste, también el hombre puede utilizar equivocadamente su libre albedrío en detrimento de su forma espiritual.
Lo estudiado hasta aquí demuestra con asombrosa claridad que el Creador castigó a esa generación exactamente de acuerdo al desvío: ellos corrompieron la imagen divina que se les había otorgado – la forma – y Él atentó contra la forma de aquellos que deberían haber revelado su particular semejanza con Dios.
Y entonces la consecuencia resulta más que comprensible:
«Y se consoló el Eterno por haber hecho al hombre sobre la tierra y Su corazón se entristeció» (Génesis 6:6).
Si la imagen divina es la esencia del hombre – su forma – y el revelarla su principal misión sobre la tierra, entonces cuando la base desaparece, el edificio entero se derrumba.
El Midrash explica a través de un simple relato la consecuencia final del Diluvio:
Rabí Pinjas dijo: «¿A qué se parece esto? A un rey que decidió casar a su hijo y le preparó un palio nupcial, y lo acondicionó dedicadamente y lo adornó con hermosos dibujos. Mas tarde el rey se enojó con su hijo y lo mató. ¿Qué hizo luego? Entró al palio y lo rompió completamente. Dijo: Esto lo hice solo para mi hijo, y si mi hijo ya no está, ¿esto permanecerá en pié?»
Entonces no sólo el hombre fue castigado sino también todos los seres vivos. Si todo fue creado como escenario para el hombre, entonces ya nada tenía sentido. De este modo el mundo retorna al estado inicial, tal como lo describe el Génesis en su segundo versículo «cuando la tierra estaba informe y vacía, con oscuridad sobre la superficie del abismo…».
Un mundo que ha traicionado su forma retorna al estado de materia informe.
Ben Itzjak
